La Antepenúltima Verdad
Artículos y Ensayos

16.12.09

Lo femenino en la obra de Philip K. Dick (I)

©2009, Ana Delia Carrillo | 


El primer acercamiento que tuve con la literatura de Philip K. Dick ocurrió tarde en mi vida. Y fue un poco accidentado debido a que, de entrada, la opinión que se tenía de él  a mi alrededor era una de admiración a gran escala. Muchos escritores cercanos reconocían sin reparos la influencia de Dick en sus trabajos, y como es natural, las expectativas eran bastante altas. Después de varios intentos fallidos, finalmente me atrapó, pues debo reconocer que lo que encontré no me decepcionó en lo absoluto. Sin embargo, hubo algo que llamó mi atención de inmediato: sus personajes femeninos. Y es que, hasta ahora, dentro de la breve galería de sus personajes, no hay uno solo que no sea detestable, por decir lo menos.
    Las mujeres en la obra de Dick son invariablemente poderosas, lo que en sí, no implica problema alguno. Son las actitudes que toman ante ese poder lo que las convierte en una suerte de tiranas. Son mujeres de belleza exterior, pero que interiormente no tienen nada rescatable: engañan, humillan y destruyen sin contemplación alguna.
    No puedo evitarlo, hay algo en las mujeres de Dick que me molesta, que me incomoda. Por eso, a lo largo de esta semana, y por entregas, estaré comentando sobre ellas.
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Philip K. Dick y la Nueva Carne

©2009, Gerardo Horacio Porcayo |

Ya lo estipulaba Pepe Rojo en su ensayo, la Nueva Carne es un concepto directamente emparentado con la CF. De ahí nace. Desde ahí partimos para utilizar el concepto como metáfora del cambio; del hombre sometido al devenir de un mundo que lo obliga a adaptarse.
    Círculo vicioso. Los cambios que el hombre ha introducido en la naturaleza en pro de hacer del mundo un refugio más seguro, lentamente lo transforman.
    Lenta o aceleradamente.
    Philip K. Dick, en su mirada visionaria, siempre consideró que todo estaba a punto de ocurrir. Escribiendo en los 60’s, pronosticó grandes transformaciones para la década de los 90’s.
    Las transformaciones están aquí, aunque no desde todos los ángulos que él enfocara.
    Lejos han quedado los tiempos de los escritores sin límites. Hoy en día, cada vez con mayor asiduidad, un fenómeno resulta observable: los nuevos creadores prefieren la construcción de obras río. Novelas, cuentos entrelazados para proporcionar una mirada más íntegra sobre su mundo imaginario.
    ¿Quién es el principal culpable de tal concepción?
    Quizá nunca lo sabremos. Tolkien con su Tierra Media en trilogía y hasta Silmarilión, C.S. Lewis con Narnia o el mismísimo Edgar Rice Burroughs con sus sagas Marciana, Venusina y hasta Africana. O quizá el mismo Robert A. Heinlein con sus crónicas de las familias de Lazarus Long o, de plano, Philip José Farmer y su saga de El Mundo del Río, incluso, puestos en ese exceso detectivesco, hasta Frank Herbert con su hipertrofiada heptalogía de Dune o Ursula K. Le Guin y sus imperios galácticos. A tal punto esto que en la foto podemos incluso atrevernos a enfocar a Anne Rice y sus vampiros, a la Rowling y su Potter... vaya, ya entrados en gastos, hasta el mismísimo García Márquez y su Macondo, Carlos Fuentes y su “realismo simbólico” e incluso Kundera (con levedades, ignorancias e inmortalidades de por medio), han caído en la tentación del “absolutismo mágico”, en la terca operación de querer llevar la labor de simples demiurgos de las letras a la de dioses poderosos de la narrativa, capaces de crear universos que, como modestamente pedía Dick, no se desmoronen a los pocos días de construidos, sino que permanezcan como modelos incontrovertibles de su plenipotencia escritural.
    Autores que ya no escriben novelas independientes nacidas al amparo de una nueva experiencia cuyos precedentes no son necesariamente derivados lógicos de sus pasados argumentos. Libros coordenadas para trazar los mapas de universos ficticios, para construir historias coherentes de sociedades que no han pisado este mundo de forma física.
    Que yo sepa el primer afán en este sentido proviene de Francia, de la pluma de Balzac y su esfuerzo totalizante (que no totralitario) de aprehensión de una realidad (poco variable, la del siglo XIX, en pleno realismo) social e histórica que hasta intituló La Comedia Humana.
    Estos especiales intentos de coordinar las ficciones en un afán mayúsculo e interdependiente, insisto, ha traido como efecto colateral una suerte de angostamiento del campo de la imaginación.
    Uno que, desde su pluma, Dick se encargara de ensanchar.
    Aun cuando el señor de Berkeley bien puede ser señalado como uno de los grandes escritores que siempre terminan escribiendo la misma obra, también resulta más que justo y necesario reconocer su ánimo de absoluta libertad que le impidió seguir la construcción interminable de sagas y, por ende, se dio la libertad de trazar cuantas historias alternas con una misma problemática, creyera necesarias.
    No es mi intención trazar una ceñida cronología de sus incursiones en la Nueva Carne, sino más bien, reseñarla.
    Con La Lotería Solar, Dick se inició en la novelística y en ese tema casi obsesivo de los 50’s: los mutantes. Los hombres que han conseguido manejar sus percepciones extrasensoriales hasta tal punto que han dejado atrás la humanidad como conciencia y pasan a formar parte de sus titiriteros.
    Semejante espectáculo es posible descubrir en The World Jones Made o como una suerte de subtrama en novelas como Ubik, Los Tres Estigmas de Palmer Eldritch o en variantes psicológicas planetarias como ese mundo hospital dividido socialmente de acuerdo a las enfermedades mentales que da esencia a Los clanes de la luna alfana.
    Sin embargo, hay dos trabajos en particular que centran su mirada en la Nueva Carne. Dos ejemplos que a mí me resultan fundamentales. Intentar, por otro lado, un mapa preciso de las incursiones de Dick en la Nueva Carne, no sólo a través de su novelística, sino de su obra corta sería más propio de un largo tratado que de un simple artículo.


    Nuestros Amigos de Frolik 8 lo hace desde una perspectiva aún esperanzadora a pesar del pesimismo que la constituye. El mundo ha sido fragmentado de manera contundente y sólo la Nueva Carne puede acceder a grandes puestos. Nueva Carne que el mismo Dick cataloga como "Nuevos Hombres". El protagonista, por supuesto, es un representante de la vieja humanidad, un pobre hombre que sobrevive a base de “tallar” llantas gastadas para darles la apariencia de nuevas. Y su horizonte, su futuro, no resulta nada esperanzador. Ni para él ni para su familia, ni, peor aún, para su hijo. La Nueva Carne se valida a través de grandes cerebros detrás de enormes frentes que no dejan duda sobre la calidad de su particular status. La nueva ley, el nuevo orden, queda a cargo de la Nueva Carne y sólo un evento externo: el regreso de un astronauta (Provoni, ciudadano de segunda clase) con los amigos de Frolik 8 será capaz de terminar con tan temido sistema de castas.

    En este sentido, y aún apegado a su patrón de los 50’s, existe un relato más devastador, más terrible en su sencillez: The Golden Man, novela corta o cuento largo, traza la historia de una evolución por el sentido negativo, hacia lo involutivo; el triunfo de la Nueva Carne es completo cuando el protagonista, otro mutante, se muestra como un hombre anatómicamente perfecto (más allá de los efectos especiales al inicio que incluyen una mujer de ocho senos entre muchas alteraciones que parecen marcar el nacimiento de una generación de criaturas para el circo), pero sin inteligencia alguna. Su evolución ha corrido tal como lo exigen las leyes de Darwin y ha adaptado su sistema feromónico para transformarse en el macho más efectivo, en el especimen con mayor posibilidad de triunfo.

    Pero no se trata de contar las historias, sólo el impacto que una prosa como la de Dick sigue causando en este blogzinero: mirando las tendencias actuales de la Nueva Carne, no cabe sino temer que esta evolución prosiga, sin menoscabo, sin héroe para frenarlo, por el camino del Hombre Dorado.
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3.8.09

Regresando a la escena del crimen perfecto

Steven Shaviro, foto de Davide Grassio, Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar lo virtual |

©2002, Steven Shaviro |

©2009, Ana Delia Carrillo, por la traducción |


El desastre arruina todo,
al tiempo que deja todo intacto.
--Maurice Blanchot

1. "El crimen perfecto," escribe Baudrillard, "es aquel de una realización incondicional del mundo por la actualización de toda la información, la transformación de todos nuestros actos y todos los eventos en información pura; en corto, la solución final, la resolución del mundo anticipado a su época por la clonación de la realidad y la exterminación de lo real por su doble" (25). En algún punto, la realidad "implota sin dejar rastros, ni siquiera la señal de su final. Pues el cuerpo de lo real jamás fue recuperado. En el sudario de lo virtual, el cuerpo de lo real es para siempre inencontrable" (46).

2. ¿Y si Baudrillard tuviera razón? ¿Qué significaría tomarlo en su mundo y aceptar el reto? En efecto, ¿y si el crimen perfecto ya ha sido cometido? ¿Y si la virtualización e información del mundo no sólo ya ha ocurrido, sino incluso borrado su rastro, la evidencia de que alguna vez pasó? ¿Cuáles serían las consecuencias, y acaso lo sabríamos alguna vez?

3. Algunas definiciones. Para Baudrillard, el asesinato de lo real no es una pérdida de la realidad, no es una caída en la ilusión. Es más bien lo contrario: la exterminación de la ilusión, la actualización absoluta de todo, gracias a "la retroalimentación incesante de toda información a todos los puntos del globo" (53). El asesinato de lo real significa que todo en este mundo ha sido medido, cuantificado e informatizado. No hay más otredad, porque todo ha sido homogeneizado, reducido a uniformidad, negociado a cambio de una medida común o equivalencia universal. No hay más misterio, y no más incertidumbre, sólo una cegadora transparencia universal. No hay pasado ni futuro, sólo un eterno Ahora, en el cual todos los tiempos están presentes al mismo tiempo. No hay más espera, no más anticipación, no más sentido de duración, pues ahora todo se revela de inmediato, en "tiempo real." Eso es lo que significa haber asesinado lo real.

4. ¿Por qué el asesinato de lo real es un crimen perfecto? Esto se desprende de la verdadera naturaleza del acto. "En el inflexible registro de la desaparición de lo real," escribe Baudrillard, "no ha sido posible sujetar tanto a los motivos como a los perpetradores, y el cuerpo de lo real por sí mismo jamás ha sido hallado... no hay ni asesino ni víctima." Cada evento real deja rastros a su paso. Estos rastros son, en sí mismos, perfectamente reales; son las señales materiales, y la garantía, de que el evento ha realmente ocurrido. El acto de asesinar, por ejemplo, deja un cuerpo. La persona de la víctima está ausente, pero el cuerpo está elocuentemente presente. Si el cuerpo de lo real fuera alguna vez encontrado, por consiguiente, su sola existencia significaría que lo real no estaba muerto después de todo. Al contrario, el asesinato de lo real es un crimen perfecto -de hecho, el único crimen perfecto- porque, al abolir lo real por completo, también se deja sin vigor cualquier señal mundana que pudo haber quedado atrás. El asesinato de lo real no ocurre, pues borra, en retrospectiva, el hecho de que alguna vez sucedió.

5. Descrito de esta manera, el "asesinato de lo real" suena a un escenario de novela o película de ciencia ficción. Piense en todas aquellas novelas de Philip K. Dick, en donde el protagonista descubre que todo lo que ha tomado como real es, de hecho, una simulación (Tiempo Desarticulado, La Penúltima Verdad), en donde la supuesta realidad detrás de esta simulación resulta ser, a su vez, otra simulación (Laberinto de Muerte, Ubik), y en la que el protagonista es, por lo tanto, obligado a buscar señales, no de la presencia de una realidad más elevada o vital, sino de su ausencia (Valis). O piense en la película de 1956, La Invasión de los Usurpadores de Cuerpos, en donde la gente de un pequeño pueblo es remplazada por sus dobles, que son copia fiel, y que actúan igual que ellos, excepto que carecen de pasión y deseo. O piense incluso en Matrix y sus secuelas, a pesar del hecho que Baudrillard ha desaprobado estas películas por supuestamente haber desvirtuado sus pensamientos.

6. En una entrevista reciente, Baudrillard dice que lo que está equivocado con Matrix es que "el nuevo problema planteado por la simulación es confundido con el muy clásico problema de la ilusión, ya encontrado en Platón. Aquí hay un verdadero malentendido." El mundo de la simulación, del crimen perfecto, no es el mundo ilusorio de la Cueva de Platón. Es más bien un mundo en donde la alegoría de Platón ya no tiene ningún sentido, porque este mundo ya no nos ofrece ninguna base donde hacer una distinción entre las ilusiones de la Cueva y las verdades del mundo real fuera de la Cueva. Es por esto que el asesinato de lo real continúa con la exterminación de la ilusión. Vivimos en una situación en donde, como lo planteara Nietzsche: "Hemos abolido el mundo real: ¿qué mundo nos queda? ¿el mundo aparente, tal vez?... ¡Pero no! ¡con el mundo real hemos también abolido el mundo aparente! " Si bien Nietzsche celebra esta situación como el "cenit de la humanidad," Baudrillard lo ve con implacable horror. La pregunta que quiero hacer es: ¿por qué?

7. Baudrillard explica su problema con Matrix, y con la modernidad y la posmodernidad en general, de este modo: "el mundo visto como una ilusión radical es un problema que ha sido planteado a todas las grandes culturas, y que ha sido resuelto a través del arte y el simbolismo." (Tenemos el arte, como Nietzsche dijo, por temor a la pérdida de la verdad). Pero en contraste a todas las culturas previas, Baudrillard afirma, "lo que nosotros hemos inventado para soportar este dolor es una realidad simulada, un universo virtual purificado de todo aquello peligroso o negativo, y que de ahora en adelante suplanta lo real, por lo que es la solución final." En lugar de "arte y simbolismo," tenemos la industria de la cultura, con su implacable alegría, y su maquinaria de publicidad y engaño. En lugar de poetas y chamanes, tenemos a los ingenieros de imagen (imagineers) de la Corporación Disney. En lugar de riesgo y peligro, tenemos sexo seguro y lugares de seguridad infantil y zonas de no fumar. Y en lugar de poesía épica, o tragedias, o la novela realista, tenemos... ¿ciencia ficción?

8. La referencia a la ciencia ficción es apropiada, porque la situación que Baudrillard describe -la "transfiguración tecnológica del mundo, su final acelerado, su resolución inmediata... ha disparado el código para la desaparición automática del mundo agotando todas sus posibilidades" (25-26)- es precisamente de lo que la ciencia ficción se trata. O mejor aún, esta situación es lo que la ciencia ficción es. Una manera de describir la ciencia ficción es decir que no solamente imagina el cambio tecnológico rápido, radical, sino que naturaliza este cambio, haciendo de lo fantástico un lugar común, de lo mágico algo rutinario, y de lo ajeno algo familiar. Pero esto es precisamente lo que nuestra tecnología biológica e informática está haciendo, mientras borran diferencias tradicionales, y actualizan posibilidades extremas. Como lo plantea Donna Haraway, "la frontera entre ciencia ficción y realidad social es una ilusión óptica." Los resultados son de inmediato fantásticos y banales. Fantásticos porque, como lo postula Arthur C. Clarke, "cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia." Pero incluso banal, porque es sólo por nosotros que estas tecnologías son extrañas y radicales. Como lo escribe Bruce Sterling, "la condición posthumana es banal. Es sorprendente, y escatológica y ontológica, pero sólo por los estándares humanos... Por los nuevos estándares post-singulares, los posthumanos están tan aburridos y frustrados como los humanos alguna vez estuvieron."

9. A Baudrillard podrá disgustarle Matrix, pero recurre a la ciencia ficción de cualquier modo para poder explicar el asesinato de lo real. Cita el clásico cuento de Arthur C. Clarke, "Los Nueve Mil Millones de Nombres de Dios", como una alegoría del crimen perfecto. El cuento es acerca de un grupo de monjes budistas cuya ancestral tarea es "compilar una lista que contenga todos los posibles nombres de Dios." Una vez que los nombres han sido escritos, según su creencia, la existencia llegará a su fin: "El propósito de Dios será alcanzado. La raza humana habrá cumplido con aquello para lo que fue creada, y no habrá motivo alguno para pelear." Los monjes contratan una computadora para automatizar el proceso. (El cuento fue publicado por primera vez en 1953, en la época de las centrales de cómputo, mucho antes de que se inventaran las computadoras personales). Y en efecto, tan pronto como se imprime el nombre final de Dios, el universo empieza a desaparecer. Baudrillard resume el cuento, "la historia del mundo es completada en tiempo real por el trabajo de la tecnología virtual" (25).

10. Baudrillard toma "Los Nueve Mil Millones de Nombres de Dios" como una alegoría del asesinato de lo real. Pero esto está lejos de una lectura obvia. El cuento de Clarke es más plausiblemente entendible como una afirmación de lo que Baudrillard mismo llama "la incesante revolución del mundo, la irónica trayectoria de partículas y la caótica turbulencia de los sistemas naturales" (10). Pues la computadora en el cuento no logra nada por su cuenta, simplemente apresura el proceso que de cualquier modo ocurriría. "Paciente, inexorablemente, la computadora ha ido reacomodando letras en todas sus posibles combinaciones, agotando cada clase antes de pasar al siguiente." Pero este monótono cómputo es irónicamente enganchado al blanco que sus programas (y, de hecho, sus programadores) no pueden comprender. Pues los monjes presionan la computadora al servicio de lo que Baudrillard bien puede llamar el destino objetivo del universo, independiente de la intervención humana. Al tiempo que el lama principal le dice al ingeniero en determinado punto, que lo que está en juego es este cómputo es "nada tan trivial como" el sólo fin del mundo humano. El cuento contrasta la estrechez de mente de los monjes que comisionan su uso. Los ingenieros son esclavos de una razón instrumental; prefieren anuncios televisivos a la meditación, y no están agresivamente "impresionados" por la "vertiginosa" vista desde la montaña frente a ellos. Los monjes, por otro lado, no están lo más mínimamente interesados en la "realización del mundo," su "transformación... hacia información pura." Más bien, están atentos a lo que Baudrillard llama "la astucia del mundo" (19), o la "ironía en todos los procesos extremos" (70). Los monjes saben, tal como Baudrillard, que finalmente no hay nada como algo, y que "no debemos sumar nada a la nada del mundo, ya que somos parte de él. Pero tampoco debemos sumar nada a su significado, pues no tiene ninguno" (10). El cuento de Clarke celebra el poder de la ilusión, el poder del vacío; y sugiere que -a pesar de sus propias pretensiones- la tecnología digital y virtual no pueden hacer nada mas que favorecer este poder ilusorio.

11. Mi punto en todo esto es no sutilizar sobre lecturas cerradas del cuento de Clarke. Quiero sugerir, más bien, que el Maniqueísmo de Baudrillard, su demonización de la tecnología digital, es profundamente problemática, desde el punto de vista de sus propios metafísicos. Y él mismo es consciente de esto, por lo menos en algún punto. Más allá de su visión de "la exterminación de toda la ilusión del mundo por la tecnología y lo virtual," Baudrillard ofrece una "hipótesis" contraria: "un destino irónico de toda la ciencia y todo el conocimiento en que el mundo -y la ilusión del mundo- sobrevivirá" (74). Tal vez el crimen perfecto está inevitablemente "destinado a fallar" (151); "tal vez una ilusión indestructible nos espera al final del proceso" (62). aunque la ciencia siempre ha tratado de "(mantener) el destino y la muerte en puerto," forzando objetividad material en (el mundo)," ahora "es el destino quien está surgiendo hacia nosotros a través de las pantallas de la ciencia" (42). "No podemos lograr" el crimen perfecto, "porque dejamos rastros por todos lados -virus, lapsos, gérmenes y catástrofes- señales de imperfección" (40). Así que la virtualización del mundo podrá por sí mismo ser "una treta del mundo," de modo que, a pesar de sí mismo, la "racionalidad y la perfección" de la tecnología posmoderna "está meramente implementando el irracional decreto (del mundo)" (19). Y de nuevo: ¿es la tecnología la alternativa letal de la ilusión del mundo, o es simplemente un avatar gigante de la misma ilusión básica, su sutil giro final, la última hipóstasis?" (5). En pasajes como estos, Baudrillard se acerca a la ironía cósmica budista del cuento de Clarke.

12. Por otro lado, cuando Baudrillard escribe acerca de computadoras, realidad virtual, e inteligencia artificial, esta ironía parece abandonarlo por completo. Lo que dice acerca de computadoras, en particular, es tan caricaturesco que estoy tentado a dudar si él ha usado una, alguna vez. ¿Cómo hemos de responder de otro modo que con exasperación, cuando asegura, por ejemplo, que "los chips de computadoras han dejado atrás cualquier posible uso que pueda hacerse de ellos, y están llevando al sistema hacia aplicaciones dementes" (49)? ¿O cuando ridiculiza "hiper-cerebros pegados a sus computadoras, quienes, aunque todavía considerablemente sub-usado, se disminuyen a sí mismos aun más al tener una función de máquina en su utilidad" (48-49). ¿O cuando arguye que, si el reino completo de transformación de información llegara a su fin, "el sistema completo del pensamiento estaría alineado al sistema de la máquina. El pensamiento terminaría pensando sólo lo que la máquina puede soportar y procesar, o pensaría solamente cuando la máquina lo solicite" (32)? ¿O cuando denuncia "la promiscuidad de todas las señales y todos los valores," añadiendo que "la transmisión y desfile, alrededor del mundo, de todo y nada acerca de las cadenas es pornografía" (Paroxismo 12-13)? Todo esto suena más bien como Allan Bloom en esteroides, lamentándose de la decadencia de un mundo que ha abandonado los ideales clásicos de mesura y racionalidad.

13. De hecho, las objeciones de Baudrillard sobre tecnologías digitales no son nuevas. Ya se habían postulado cuando la escritura fue inventada, y luego cuando los tipos movibles y la prensa para imprenta fueron inventados, y más aun cuando el telégrafo fue inventado, y el teléfono, y el radio y la televisión. En efecto, imagino que, cuando el lenguaje vino a ser, y nuestros ancestros empezaron a convertirse verdaderamente en humanos, entre las primeras oraciones que alguien pronunciara hubo quejas de que el lenguaje estaba desnaturalizando al pensamiento, que perniciosamente sustituía fórmulas estereotípicas sobre ideas actuales, que exponía promiscuamente las vidas mentales privadas de todos, al mundo, que el poder del lenguaje excedía por mucho cualquier uso que podría tener, y que nuestras ideas, por lo tanto, estarían constreñidas por el sistema del lenguaje, de modo que terminásemos pensando solamente lo que el lenguaje puede soportar y procesar, o que pensáramos sólo cuando el lenguaje lo solicitara. Y, por supuesto, todas estas objeciones son más o menos correctas; Nietzsche no fue el único que observó cómo nuestras mentes son rehenes en "la prisión del lenguaje." Pero esto no es todo lo que se puede decir del lenguaje. Y Baudrillard está muy lejos de la meta cuando se imagina que náuseas como estas son de algún modo únicas a la era digital, o que simulaciones virtuales, procesamiento de palabras, e imágenes digitales exterminarían a lo real aun más de lo que el lenguaje, la escritura, el alfabeto, la imprenta y la transmisión han hecho.

14. Está diciendo, creo yo, que en el mismo aliento en el que Baudrillard denuncia las nuevas tecnologías digitales y virtuales por ser inútiles, también dice que el problema real con esto es que no son lo suficientemente inútiles, pues están tratando de suprimir juego y gasto: "todos los márgenes, zonas libres, están siendo borradas. Ya no hay reservas de inutilidad, éstas están amenazadas con explotación intensiva. La insignificancia está bajo amenaza por un exceso de significado... La muerte misma está bajo amenaza de muerte..." (49). En lugar de buscar cómo estas tecnologías digitales realmente funcionan, y (de igual importancia) dejan de funcionar [1], Baudrillard basa su crítica en la más extrema superchería de los más ingenuos y entusiastas autores de estas tecnologías. No se equivoca al sospechar de la utopía de la comunicación total, y del empuje a reducir todo en el mundo a la forma de información digital. Pero se equivoca al tomar en serio a gente como Bill Gates, con sus fantasías de "negocio@la rapidez del pensamiento," o Ray Kurzweil, con su visión de un mundo en donde descargamos nuestras mentes, y abandonamos nuestros cuerpos, para convertirnos en empresarios celestiales. Para Kurzweil todo es conversaciones frívolas, y Gates aún no puede entregar un sistema operativo que no necesite ser reiniciado por lo menos una vez al día. Si Baudrillard pasara un poco más de tiempo con computadoras actuales, descubriría que cada programa se cae tarde o temprano, que los intervalos de tiempo y servicio caducos son una parte importante de la experiencia en línea, y que aun más recursos computacionales son empleados en obsesiones extrañas, búsquedas futiles, y pasiones inútiles, en lugar de estar dedicados a acumular información y generar modelos de simulación.

[1] Baudrillard escribe, en algún momento, de la "buena suerte" de la caída de una computadora: "qué descanso ver veinte páginas que han sido guardadas en la memoria, ser borradas de un plumazo, por el capricho de la computadora." Pero esto sirve sólo para mostrar cómo es todo "una ecuación tecnológica de suma-cero" (41); Baudrillard no tiene idea de qué tan cargadas de afectividad están las relaciones con nuestras computadoras.


15. Baudrillard se asusta por la sobrecarga de información, por la absoluta plétora de palabras e imágenes continuamente fluyendo a través de los medios y en la Red: "la amenaza info-tecnológica es la amenaza de una erradicación de la noche, de una inapreciable diferencia entre noche y día, por la total iluminación de todos los momentos... Un tormento equivalente a ese de eterna luz de día -un tipo de epilepsia de presencia, epilepsia de identidad. Autismo, locura" (53). Estas son las hermosas, incisivas palabras; pero ¿qué presagian exactamente? La locura del día es tan espléndida, excesiva y misteriosa como el abismo de la noche. ¿Por qué Baudrillard ama una y excoria la otra? Como un campeón de la noche, escribe sobre la imperfección, el error y la desproporción. La noche engendra monstruos; contiene el principio del Mal. Es el reino de lo negativo, la matriz de cada ilusión. La noche es la part maudite de Georges Bataille, la parte maldita, el gasto que atormenta cada economía, y niega su conclusión. Cuando escribe sobre la noche, Baudrillard es un economista general Batailleano; y también sea dicho, un poeta. Pero cuando escribe sobre el día, es extrañamente transformado en un moralista clásico, denunciando los excesos de la sinrazón, deplorando la contagiosidad de las imágenes, y disputando los poderes de lo falso. Súbitamente se encuentra a sí mismo del lado de la restricción, la propiedad, y la mesura. Se convierte en un fóbico de los riesgos de contaminación por los febriles y derrochadores excesos de la luz. Baudrillard es incapaz de discernir el delirio del gasto improductivo que subtiende esta hipertrófica "epilepsia de presencia, epilepsia de identidad." Cuando Baudrillard siente náuseas por la pornografía dura en línea, o los juegos de computadora, o los lenguajes de programación recursivos, o los reality shows de televisión, realmente está sólo expresando un tipo de esnobismo, un prejuicio endémico de lo que Donald Rumsfeld llama "la vieja Europa." Debemos de ser corruptos, parece que está diciendo, pero no tan corruptos. Baudrillard es un defensor del "pensamiento pernicioso, viral, corrosivo en su significado, generativo de una percepción erótica de la confusión de la realidad" (104) -mientras el virus, o el estremecimiento erótico, sea de buen gusto o lo suficientemente refinado. Debemos afirmar la part maudite, nos dice, pero sólo si es la clase apropiada de part maudite, una que no sea muy tosca o vulgar.

16. Por ejemplo -aunque es más que sólo un ejemplo- consideremos el caso de la clonación humana. La clonación es una abominación para Baudrillard, casi tanto como para la Iglesia. Y en casi idénticos campos. La clonación, dice Baudrillard, es una forma de "la exterminación del Otro... Es el equivalente de una limpieza étnica que no sólo afectaría una población en particular, sino que sería una persecución implacable de todas las formas de Otredad" (109). Es la culminación de un largo proceso de objetificación tecnologizada de la carne: "la clonación es, de esta manera, la última etapa de la historia y el moldeo de un cuerpo, que al ser reducido a su fórmula abstracta y genética, el individuo es destinado a la propagación en serie" (Simulacra and Simulation 99). De igual forma, la Iglesia Católica Romana rechaza la clonación porque subordina a los seres humanos a "la lógica de la producción industrial," pues "las relaciones básicas de una persona humana son pervertidas," porque reduce la reproducción sexual y las diferencias sexuales a "sólo un desecho funcional," y porque lo lleva a una situación en la que "algunos individuos pueden tener dominio total de la existencia de otros, al punto de programar su identidad biológica -escogida de acuerdo a un criterio meramente arbitrario y utilitario." Tanto para la Iglesia como para Baudrillard, la clonación es un ejemplo del crimen perfecto, porque representa una negación radical y centralizada de la contingencia humana (del pecado original en un caso, y de negatividad, misterio, otredad y muerte en el otro). Y de igual forma, negando la singularidad de la copulación y el nacimiento, la clonación borra su propio origen, el rastro mismo de que alguna vez ocurrió. La única diferencia sustancial entre la Iglesia y Baudrillard es que él último por lo menos reconoce las limitaciones empíricas de la clonación, el hecho de que "esta duplicación de la estructura del cuerpo no necesariamente supone una persona perfectamente idéntica, entendida en su realidad ontológica y sicológica."[2]

[2] Academia Pontificia para la Vida, "Reflexiones sobre la Clonación,"
http://www.petersnet.net/research/retrieve.cfm?recnum=238.


17. Por supuesto que Baudrillard se enfoca deliberadamente en las resonancias míticas de la clonación, en lugar de sus actuales limitaciones empíricas. Esto siguiendo la estrategia del "pensamiento radical," cuyo valor "radica no tanto en sus convergencias inevitables con la verdad como las divergencias inmensurables que la separan de la verdad" (94). Que, dicho sea de paso, en los términos que he estado usando aquí, Baudrillard está escribiendo ciencia ficción, y por lo tanto no puede y no debe ser juzgado por el criterio pasado de moda de la novela realista. Ahora, tanto la Iglesia como Baudrillard condenan la clonación en base a sus medios inmorales, o más precisamente -en términos Kantianos- en base a que usa al Hombre (o Mujer) meramente como un medio en lugar de un fin. Esto podría llamarse la objeción "real" a la clonación. Pero Baudrillard va más allá, y condena la clonación en base a su final trascendente: su pretensión de conquistar la muerte. "No más muerte: la inmortalidad del clon" tiene su lugar en la lista de horrores de simulación de Baudrillard, justo al lado de "no más otro, no más enemigo, no más depredadores, no más negatividad, no más seducción, no más ilusión, no más secreto, no más destino" (109-110). A esto lo llamaré la ciencia ficcional, o especulativa, de la objeción a la clonación. Incluso si la clonación pudiera ser llevada a cabo a la perfección, sin ninguno de los peligros y limitaciones que nos preocupan hoy en día; e incluso si pudiera hacerse de una manera sensible y democrática de modo que los seres humanos no fueran tratados sólo como un medio: incluso entonces (o en especial) Baudrillard seguiría viéndolo con horror.

18. Debo admitir que, en este respecto, frecuentemente pienso en Baudrillard como si fuera el Capitán Kirk. Episodio tras episodio de Star Trek, Kirk y la tripulación del Enterprise se encuentran en un planeta cuyos habitantes viven una existencia idílica, en una sociedad utópica. Y en cada caso, en violación directa de la Directiva Primera ("No interfieran con el desarrollo de civilizaciones ajenas"), Kirk termina destruyendo la utopía, ostensiblemente, para el bienestar de los habitantes. Pues sin dolor y sufrimiento, la vida no merece ser vivida. La gente necesita de impedimentos, necesitan ausencia y carencia, para estimularlos a un continuo esforzarse y superarse. La dignidad humana depende de la privación. La utopía significa estancamiento, y la total supresión de la part maudite. En el paraíso, Baudrillard dice, "la ironía, el reto, la maleficencia llegan a un final, tan inexorablemente como la esperanza muere a las rejas del infierno. Y es justamente allí donde el infierno comienza, el infierno de la realización incondicional de todas las ideas, el infierno de lo real" (102).

19. William Burroughs, en contraste con Baudrillard, le da la bienvenida al prospecto de la clonación humana. Se regocija en la sola razón que Baudrillard detesta: porque implica una economía de abundancia y multiplicidad, en lugar de una de negatividad y carencia. La clonación es, de hecho, el camino a la inmortalidad, como Baudrillard teme; pero esta es una inmortalidad de diferente tipo. Burroughs nos exhorta a deshacernos del "concepto cansado de la inmortalidad personal... predicado en la ilusión de alguna esencia inmutable e inapreciable que es el viejo YOOOOOO para siempre... La ilusión de una identidad separada e inviolable limita tus percepciones y te confina en el tiempo." La clonación, por otro lado, "es el fin del ego." Abre una vía a la humanidad no-egocéntrica, y permite un tipo de inmortalidad impersonal, "no más identificada con alguna Máquina del Yo especial." Como los Budistas nos dicen, "no hay ego, sólo un proceso de cambio", y la clonación extiende este proceso, en múltiples cuerpos, a lo largo del espacio. Lejos de ser (como Baudrillard lo sugiere) la proliferación cancerosa de lo igual, la diseminación viral de un modelo de simulación, la clonación de acuerdo a Burroughs hace pedazos la identidad, llevándonos "en la dirección de la flexibilidad aumentada, la capacidad de cambio y la mutación última" (The Adding Machine 131-135).

20. Los clones son inhumanos, no se engañen al respecto. Son una jauría, un enjambre, una fuerza militar de ataque. Mirad el desfile de los clones, como Burroughs los describe: "algo falta en estos rostros, algo que estamos acostumbrados a ver. La ausencia es tan discordante como si los rostros carecieran de boca, o nariz. No hay rostro que esté preparado para conocer el rostro que conoce, no hay una imagen propia, no hay necesidad de impresionar o afirmar. Se mezclan en el entorno como rostros en un rompecabezas." La ausencia que Burroughs evoca en los rostros de estos clones es precisamente, para Baudrillard, lo real faltante. Baudrillard desprecia la deconstrucción postmoderna de la identidad, su celebración de multiplicidad y mutación. Todo este juego de "identidad y diferencia," dice, es una fachada para la exterminación radical de la otredad (110). La clonación es simulación: repetición no real. El clon no imita o se asemeja a un ser ya existente. Más bien, por su sola existencia, destruye la anterioridad, asesina cualquier cosa anterior a él. Un mundo de clones es un mundo que ha sido "creado hace sólo unos minutos pero se ha poblado de una humanidad que recuerda un pasado ilusorio," para usar una sugerencia paradójica de Bertrand Russell que Baudrillard cita con regocijo (20). Esto es lo que hace de la clonación un crimen perfecto.

21. Un importante asunto filosófico está en juego en este debate sobre clonación. ¿Debemos celebrar, con Burroughs, Nietzsche, y Foucault, la muerte por clonación del Homo sap, su transmutación hacia nuevas y diferentes formas? ¿O debemos llorar, con Baudrillard y Francis Fukuyama, la muerte de la esencial "naturaleza humana", el fin de una clase de conciencia propia, la pérdida de ese "rostro preparado para conocer el rostro que conoce"? No hay autoridad que nos guíe en esta elección. Aproximadamente, la alternativa está entre el antagonismo dialéctico, por un lado, y la multiplicidad no-binaria, por el otro. Burroughs se imagina a muchachos viriles transmutados en innumerables nuevas formas. Deleuze y Guattari retan la dualidad de la lógica falocéntrica, y nos exhortan a dejar que florezcan miles de sexos. Pero Baudrillard -junto con los Lacanianos, y con algunos Marxistas ortodoxos-considera esta multiplicidad sólo como un nicho de estrategia de mercado. Es un grupo de distinciones irrelevantes: "de diferencias que no hacen una diferencia,[3] y que no tienen fuerza crítica. Los eventos, discursos, sujetos u objetos existen sólo dentro del campo magnético del valor, que sólo exisste como resultado de la tensión entre dos polos: bondad y maldad, falso y verdadero, masculino y femenino" (67). Pero ahora, en el mundo de la multiplicidad postmoderna, que es lo mismo que decir el mercado global, los valores y relaciones se han "depolarizado," de modo que "están empezando a nadar en el indiferenciado campo de la realidad... Todo lo que se mantuvo en una relación fija de oposición está perdiendo su significado al hacerse indistinguible de su opuesto como un resultado del resurgimiento de una realidad que está absorbiendo todas las diferencias y combinando términos opuestos al promoverlos sin reservas" (67). Sin el antagonismo continuado de opuestos, el sistema es dado a la entropía. Y esto es por lo que Baudrillard se encuentra particularmente preocupado por el travestismo, la bisexualidad, y la androginia, así como por los movimientos feministas de los últimos treinta y cinco años. "Mujer y hombre", escribe, "son dos términos incompables" (122). No son ni siquiera iguales en el sentido de opuestos, pues ¨mujer" es, de hecho, más diferente que hombre. Y no sólo más diferente que él, sino más que diferente. El hombre es sólo diferente, pero la mujer es otra: desconocida, ausente, enigmática, antagonista" (119). El feminismo, por lo tanto, es culpable, a los ojos de Baudrillard, de "la exterminación de la femineidad -una terrible alegoría de la exterminación de toda la otredad, por la que lo femenino es la metáfora, y tal vez, más que la metáfora" (111). En esta deconstrucción de la "mística femenina", el feminismo será incluso otro avatar del crimen perfecto.

[3] Estoy pensando aquí en la definición de Gregory Bateson de la "información" como "cualquier diferencia que hace la diferencia."


22. ¿Estoy tomando sólo una aproximación fácil a Baudrillard -o peor aun, aprisionándolo en la camisa de fuerza de "lo políticamente correcto"- cuando incluso insisto en su dudosa política de género? Puedo argumentar, aunque un poco insinceramente, que estoy sólo tratando de demostrar que su posición en los géneros es muy parecida a su crítica general de la multiplicidad, a su insistencia en la dualidad y el antagonismo dialéctico.[4] Pero déjenme adoptar un tono menos enredado y concluir esta charla examinando a fondo lo que podría significar el incorporar completamente el diagnóstico de Baudrillard sobre la simulación y la multiplicidad postmodernas. Quiero regresar, si fuera posible, a la escena del crimen perfecto, y mirar cómo es la vida después del crimen de lo real. Para Baudrillard, "Disneylandia es un modelo perfecto de todas las enredadas órdenes de simulación... Disneylandia está ahí para ocultar el hecho de que es el país "real", toda el "real" Estados Unidos, quien es Disneylandia" (Selected Writings 174-175). Uno podría argumentar (como yo lo he hecho en otros lados) que no hay tal ardid, que nada está oculto, que cada americano sabe que "Estados Unidos es Disneylandia." Pero ¿cómo sería vivir realmente en Disneylandia -o mejor aún, Disney World? ¿Cómo sería vivir en un mundo donde todo es Disney World?

[4] Cierto es que hay feministas que insisten en mantener el estatus privilegiado del género binario, en contra de la afirmación general de la multiplicidad Deleuziana, sin caer el la cansada retórica de Baudrillard sobre la otredad femenina. Ver, por ejemplo, Metamorfosis, de Rosi Braidotti. Pero Braidotti mantiene la dualidad de género por razones específicas de estrategia, no por un compromiso metafísico de algún tipo de dialéctica o dualidad maniquea.


23. La novela de ciencia ficción de 2003 de Cory Doctorow, Down and Out in the Magic Kingdom, nos da una respuesta a esta pregunta. El libro está ubicado en un mundo futuro, que de muchas maneras es la pesadilla de Baudrillard. El narrador nos dice esto de inmediato: "He vivido lo suficiente para ver la cura de la muerte, para ver el surgimiento de la Sociedad Bitchun, para aprender diez idiomas, para componer tres sinfonías, para cumplir mi sueño de niño de vivir en Disney World; para ver la muerte de los lugares de trabajo y del trabajo" (7).[5] El mundo de la novela, la Sociedad Bitchun[6], es predicado no sólo en la muerte del trabajo y los lugares de trabajo, sino también en "la muerte de la escasez, la muerte de la muerte" (96). Ha conseguido lo que Baudrillard llama la "solución final": ha eliminado todas las formas de negatividad. Ya que cada bien material concebible está disponible en abundancia, no hay una labor obligatoria, y no hay dinero. Ya que el canal está directamente conectado al cerebro de todos, no hay distancia ni intervalos de tiempo, sólo transparencia total. Si alguna vez te has sentido deprimido o de malas, puedes solucionarlo fácilmente ajustando los niveles de tu neurotransmisor. La muerte misma ha sido sobrepasada, porque la gente respalda sus recuerdos en intervalos regulares y descarga la información cuando es necesario, a nuevos cuerpos clonados. Si de alguna manera mueres, o si te enfermas o te lastimas, o incluso si sólo te sientes un poco cansado, puedes clonarte y de este modo obtener una salud perfecta, en un cuerpo fresco, de la edad aparente que desees. El único desperfecto en este proceso es que tu nuevo "tú" no recuerda nada de lo que ha ocurrido después de la fecha de tu último respaldo; pero puedes llenar el tiempo en blanco con la ayuda de "varios terceros POVs," como los videos de vigilancia, los "recuerdos sintetizados" de otras personas, e incluso "en un volar a través de eventos cruciales generado por computadora (35). Y si estás realmente cansado de tu vida, puedes tener un pase, o ir al almacenamiento profundo, para ser revivido años, décadas, o incluso siglos después, o cuando cierto criterio preestablecido haya sido cumplido. En un mundo así, "la gente vive de un modo imprudente"; pues saben que en cualquier momento pueden ser "restaurados" si algo malo sucede (32). Sin embargo, hay un conflicto evidente en la Sociedad Bitchun; la mayoría del tiempo la gente coopera espontáneamente. En la ausencia de dinero, la riqueza es medida en Whuffie, que es algo así como un promedio de peso de tu reputación entre tus congéneres. Todos están evaluando constantemente a los demás, y el resultado es continuamente actualizado en tiempo real. En corto, Doctorow imagina una sociedad en la cual muchas de las utopías de la última década sobre tecnología bio-, nano-, y digital se ha convertido en realidad. En los términos de Baudrillard, esta es una sociedad en la que el crimen perfecto ha sido ya cometido. Lo real ha sido exterminado, y no ha quedado un solo rastro de su muerte.

[5] Pienso que esto se alínea con "Llámame Ismael" y "Puedo sentir el calor acercándose..." y "Un grito llega cruzando el cielo" y "Nací en la casa que mi padre construyó" como uno de los grandes pasajes en la literatura norteamericana.
[6] Así nombrada, supongo, por la apenas rancia y fuera de moda palabra coloquial bitchin'.


24. Suficientemente apropiado, como su título sugiere, Down and Out in the Magic Kingdom está situado casi completamente en Disney World. El narrador es un "miembro del equipo" también conocido como un "ad-hoc"; pasa sus días como voluntario en la Mansión Embrujada, "discutiblemente la atracción más cool que haya salido de la febril mente de los antiguos ingenieros de Disney" (27). En la Sociedad Bitchun, Disney World es tomado como el pináculo del logro estético, la más grande realización del espíritu humano. En un mundo de abundancia, donde todo se obtiene fácilmente, la gente tiene un apetito insaciable por la simulación. Disney World siempre está "atascado de invitados felices, brillantes y alegres y listos para un día de diversión constante e hipermediatizada" (118). Realmente no hay nada más que hacer.

25. Doctorow no socava su juicio sobre Disney World con ironía barata; lo presenta en sus propios términos, como algo dado. Baudrillard escribe que ¨la ironía es la única forma espiritual del mundo moderno, la cual ha aniquilado todas las demás", y añade que esta ironía "es una función objetiva, de aquel mundo objeto artificial que nos rodea, en el cual la ausencia y transparencia han alcanzado tal punto que incluso esta ironía objetiva ha dejado de funcionar. En cambio, la novela está permeada de un sentido sutilmente espeluznante de efusiva sinceridad y el deseo de agradar. Todos los personajes en el libro muestran una suerte de afecto empantanado; una calidez distante e impersonal, aliviados de cualquier indicio de tragedia, o incluso ansiedad. La infelicidad es patologizada en la Sociedad Bitchun; esto significa que no es tomada en serio. Cualquiera que persista en su miseria -como el narrador mismo hace en un punto del libro- es considerado de la misma manera en que consideraríamos a alguien que se queja incesantemente de un dolor de cabeza, pero se niega a tomar una aspirina. Los miembros del equipo en Disney World "no pueden evitar el ser amigables" (98), tienen un estilo de alegre amabilidad... y una inmediata disponibilidad" (22). Algunas veces personas mayores, incluyendo al narrador, quienes nacieron antes de que la Sociedad Bitchun se fundara, se quejan de que "ya no hay fuego en las (jóvenes) generaciones... No hay mucha pasión" (77). Y nosotros, los lectores, somos proclives a sentirnos de esta manera también; es la astuta forma de Doctorow de proveernos de una perspectiva externa de su narrativa. Pero la queja es simplemente ininteligible a aquellos que han crecido con la Sociedad Bitchun, y pasado sus vidas enteras en Disney World.

26. Nada de esto significa, sin embargo, que la Sociedad Bitchun esté libre de tortuosidad y conflicto. La competencia por Whuffie puede ser bastante acalorada. De hecho, la trama de Down and Out of the Magic Kingdom gira hacia la disputa del narrador con otros ad-hocs sobre cómo manejar, y como y porqué actualizar, los paseos en Disney World. Aunque "el punto de la Sociedad Bitchun era ser más respetable que el siguiente ad-hoc, para triunfar con méritos, no con engaños," este último es más la regla que la excepción, incluso incluyendo "asesinatos y cualquier cosa que se le parezca" (83-84). Y es aquí donde la novela escenifica su propia versión del crimen perfecto. Julius, el narrador, es asesinado tempranamente en el libro; revivido de un respaldo, pasa el resto de la historia buscando en vano pruebas de que Debra, su rival en Disney World, es la asesina. Y resulta que sus sospechas son justificadas: pero Debra no puede ser declarada culpable porque, después de desencadenar el asesinato, ella "también ha sido actualizada de un respaldo -sin memoria del evento" (196). Así que, es un asesinato en el cual la víctima no está muerta, y el perpetrador no es culpable. Julius no puede siquiera recordar ser asesinado; sólo lo sabe de oídas, y por verlo en un video. Por su parte, Debra reamente nunca lo hizo porque -en términos de su memoria y su identidad personal- ella no es la misma Debra que planeó el crimen. ¿Debemos decir, junto con Baudrillard, que esta trivial evacuación de sentido, esta negación de la fatalidad, sólo agrava el crimen? ¿O más bien decir, junto con Nietzsche que "con esto sólo es la inocencia de volverse restaurado"?

27. "Aunque las consecuencias de un crimen son interminables," dice Baudrillard, "no hay ni asesino ni víctima... El secreto, al final, es que los dos se fusionan." Para Doctorow, por el contrario, la víctima y el asesino nunca se fusionan; y aun así las consecuencias del crimen son tan pequeñas que se desvanecen, y se hacen incluso más pequeñas al paso del tiempo. Esto funciona tanto para el crimen perfecto mostrado en la novela, como para el crimen perfecto que la Sociedad Bitchun es en su totalidad. La Sociedad Bitchun se ha deshecho de tales realidades maléficas como "la muerte, morir de hambre, congelarse, pelearse, matar, la crueldad y la ignorancia y el dolor y la miseria" (11). Pero en el proceso de obtener esto, ha creado un mundo de personas gorjeantes, en exceso optimistas (Pollyanic) (80), quién no puede recordar (o nunca supo) "cómo el dolor hizo del gozo algo más dulce" (11). Esto, pienso, es lo que el crimen de lo real viene a ser para Baudrillard. Por su parte, Doctorow está plenamente consciente de los costos de la transacción. Pero difiere profundamente de Baudrillard, en que se rehusa a condenar tal intercambio anticipadamente. Y esto es lo que realmente digo al enunciar que, para Doctorow, las consecuencias del crimen perfecto son tan pequeñas que se desvanecen. Todo está cambiado, y aun así todo permanece intacto. En la Sociedad Bitchun, como en el mundo en que vivimos ahora, la gente se aburre y se frustra, y siente la necesidad de cambiar sus vidas, y algunas veces incluso decide sólo salirse de todo. Si acaso, tales sentimientos serán mucho más comunes en la Sociedad Bitchun de lo que son ahora, porque nadie se distraería de ellos por cosas como la pobreza y la enfermedad y el miedo de que los escuadrones de la muerte pudieran aparecerse en la puerta de tu casa en cualquier momento. Doctorow, de hecho, desmitifica la hiper utopía de los verdaderos creyentes de las mejores y más recientes tecnologías; y al hacerlo, también desmitifica la amenaza distópica de que es un simple reflejo de ese engaño. La descripción de Doctorow de un futuro desilusionado, hipertecnologizado no es muy diferente del de Baudrillard; lo que difiere es su evaluación de ese futuro, o mejor dicho, los obstáculos para hacer esa evaluación.

28. Me gustaría concluir con un breve saludo a Emmanuel Levinas, quien también (y mucho antes que Baudrillard) teorizó sobre el crimen perfecto. Cada acción en el mundo deja rastros materiales a su paso: huellas en la arena, huellas en el arma homicida, palabras y oraciones en un libro, unos y ceros en el disco duro. Estos rastros empíricos son señales; apuntan a algo que se ha ido, pero ellas mismas están presentes, son parte del orden del mundo. En contraste, lo que Levinas llama un Rastro (con R mayúscula) real es no presente y no empírico. Pues "perturba el orden del mundo. Ocurre por sobreimprimir. Su verdadero significado es trazado, por ejemplo, en las huellas dejadas por alguien que quiso borrar su rastro y llevó a cabo un crimen perfecto. Aquel que ha dejado rastros al borrar su rastro no ha querido decir o hacer absolutamente nada por los rastros dejados atrás. Ha perturbado el orden de una forma irreparable. Pues ha desaparecido absolutamente" (Basic Philosophical Writings 62). Este desaparecer absoluto, irreparable, esta perturbación absoluta de lo real en la no-existencia de cualquier rastro empírico, es la paradójica marca -la firma- del crimen perfecto. Y esto no de la manera de las señales diferenciales de Saussure y el estructuralismo; no está gobernado por lo que Baudrillard llama "la regla simbólica del intercambio" (31). Pues no puede ser intercambiado por, o en contra de nada más; no puede ser circunscrito por lo negativo. Más bien, persigue precisamente el letal "ultra-positivismo" (113), la obscena transparencia que Baudrillard identifica como la característica definitoria del posmodernismo. El crimen perfecto siempre ha ocurrido, el mundo está virtualmente siempre listo. El desastre arruina todo, al tiempo que deja todo intacto.



El texto se reproduce aquí con la autorización de su autor. Vale la pena visitar su página personal, llena de un sin fin de herramientas teóricas:

Este texto, cuyo nombre en inglés es Returning to the Scene of The Perfect Crime, Or, How I Learned To Stop Worrying and Love the Virtual, puede ser encontrado en la página Scholarly Articles (in pdf format) y aparece en trabajos no publicados más que en la red.
La foto del autor (la primera en orden de aparición), fue arrastrada desde el sitio mismo de Shaviro.

Steven Shaviro es doctor en filosofía por la Universidad de Yale. Tras unos años de ejercer su magisterio en la Universidad de Washington, ahora reside en Detroit, MI y es profesor de Inglés en la Universidad Estatal de Wayne.
Leer Más “Regresando a la escena del crimen perfecto”

12.7.09

Índice V-1.0.1

El Holocausto Pasivo

  • Los Zombis En El Séptimo ¿Arte? de Eugenio Zigurat. Cuestionamientos que van desde el arte en el cine y las películas de zombis, pasando por una comparación entre estas últimas y lo que en La Langosta llamamos zombyficación: plaga de principio de siglo que amenaza con infectar a quien se descuide. Un artículo que no deja títere con cabeza.
  • El Extraño Encanto De La Muerte de Alejandro Badillo. El dilema de la muerte, diferentes conceptos en torno a ella, y el temor que ancestralmente provoca al ser humano; temas que son tocados a partir de una experiencia personal del autor.
  • El Espíritu De Lo In-Dependiente de Yussel Dardón. Reflexiones en torno a la independencia editorial en ámbitos literarios tan variados como los medios alternativos, las revistas y los fanzines, y las consecuencias de ejercerla a plenitud.
  • El Consumo De La Ficción (¿Morirá La Novela?) de Efigenio Morales Castro. Una revisión a la aclamada caducidad de la novela. Una perspectiva ensayística desde una particular óptica crítica.
  • La Muerte De La Vida Tal Como La Conocemos (I) de Carlos Alberto Limón. Columna en tres partes; ésta, la primera entrega, nos introduce en el deseo de un cambio de paradigmas cuya resultante no ha sido la esperada.
  • Concéntrica Ciencia Ficción de Ismael Flores Ruvalcaba. Una perspectiva crítica esperanzadora sobre la evolución del género.
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21.6.09

Concéntrica Ciencia Ficción

©2009, Ismael Flores Ruvalcaba |

Hay quienes afirman —para terror de algunos historiadores— que la historia es cíclica y puede ser entendida bajo la metáfora geométrica de una espiral. Tomémosla como cierta (aunque más tarde la desechemos) y situémonos en el Renacimiento.

A decir de Peter Burke, el Renacimiento más que una ruptura fenomenal, fue una continuidad de la Edad Media; que no fue ni tan oscura, ni tan "media". El hombre renacentista se imaginó harto diferente a sus parientes medievales; se pensaba superior, culto e irremediablemente moderno; tal y como nosotros ahora nos pensamos posmodernos, poniendo una distancia infranqueable con la modernidad e ignorando la gran y aterradora posibilidad de que presenciemos sólo la continuidad de este periodo.

Sin embargo, podemos mantener viva la sospecha de que este momento histórico que vivimos sea considerablemente distinto a los anteriores. El hombre del renacimiento —e, incluso, el moderno—, pensaba en la historia de manera lineal, como un continuo suceder de etapas donde la ignorancia desaparecería gradualmente con el paso del tiempo y la sociedad se iría perfeccionando por sí sola. Hoy en día podemos poner en tela de juicio este pensar con argumentos bastante elocuentes y desesperanzadores.

Qué tristeza haber alcanzado el año 2000 sin autos voladores, sin la panacea para todas las enfermedades y sin haber construido esas ciudades de metal pulido y tubos teletransportadores. El futuro, en la posmodernidad, no es más que un tiempo inmediato que comprende los meses entre el lanzamiento de un producto y su versión 2.0; qué sorpresa puede guardarnos el tomorrowland de Disney para nosotros que vivimos en el filo del tiempo.

Ya se ha dicho hasta la saciedad que vivimos una época de crisis y, por ende, de transición. Casi todos los "ismos" —con excepción de los fundamentalismos religiosos— nos parecen ya pecados de juventud. Las utopías, junto con la novela, la ciencia ficción y miles de cosas más, han sido declaradas muertas. Ese viejo sueño de la "tercera vía" ahora nos parece un cuento de hadas que, al crecer, olvidamos.

Pero tal vez sólo estemos siendo exagerados. Estas ganas de matar todo lo que nos liga a la modernidad —como en su tiempo los renacentistas quisieron hacerlo con la Edad Media— tal vez sólo sea una reacción pasajera. No creo que las utopías hayan muerto, creo que tan sólo se han complicado. Pensar el futuro ahora es difícil, sobre todo después de enfrentar las múltiples decepciones que trajo el fin de siglo.

La "Utopía" de Tomás Moro puede que en este momento nos parezca inocente y un poco aterradora, de la misma manera que "La República" de Platón nos puede parecer sumamente injusta, sobre todo tomando en cuenta que fuimos criados en esa quimera llamada democracia; la cual, al discipulo de Sócrates, lo llenaba de desconfianza.

Y qué es la Ciencia Ficción sino el género de las utopías; tan terribles como esperanzadoras. Supongo que soñar con el futuro en los años sesenta era mucho más fácil que imaginarlo ahora. Cohetes espaciales, la vida en otros planetas, los peligros de la genética y la presencia de robots que ponen en duda la unicidad de "lo humano" ya no nos convencen.

La vida en Marte, la inteligencia artificial y la genética son temas que perdieron su lustre al volverse inminentes y poco espectaculares. Qué aburrida ahora es la tal ovejita Dolly, cómo sirven de relleno en los noticieros las últimas noticias sobre la Base Espacial Internacional, o cuánto aburren a nuestros preparatorianos esos videos de Neil Armstrong caminando sobre la Luna. La Ciencia Ficción del pasado siglo ahora es nuestra realidad y, siendo honestos, no era tan emocionante como pensábamos.

Sin embargo, esas obras que invitaron a soñar a generaciones y que ahora se dejan como tareas tediosas en las escuelas, serán las bases firmes para la nueva Ciencia Ficción, esa que ya no sólo tendrá como protagonistas a los avances tecnológicos, sino que también seguirá abordando estas cuestiones sociales tan complicadas como la tolerancia religiosa, la inequidad de géneros, la aceptación de diversas formas de sexualidad o la tensión entre las naciones.

No creo que la Ciencia Ficción esté muerta, creo que tan sólo está en un periodo de inflexión, repensando sus temas, repensando sus estrategias y preparándonos las sorpresas que nos harán soñar en este convulsivo siglo XXI.
Leer Más “Concéntrica Ciencia Ficción”

7.2.09

La Muerte De La Vida Tal Como La Conocemos (I)

©2009, Carlos Alberto Limón |

Es buen tiempo para los buitres.
Una buena temporada para vivir de la carroña y el despojo. Un excelente pretexto para existir, intelectualmente hablando, en la podredumbre de la conformidad, del “día con día”, en el estrecho (estrechísimo) marco de visión al que nos tienen sujetos el marketing-de-todo y la televisión, por muy flat y de 50" que tenga la pantalla.
A últimas fechas se ha puesto de moda la muerte. La muerte de las ideologías, la muerte de la historia, la muerte de la literatura, la muerte de la economía y de sus sistemas, la de internet, la de los chats, la de los blogs, de la música, del sexo, de la ciencia y de la ciencia ficción; incluso, si me permiten ser solemne, la muerte del taco con manteca y sal.
En fin, la muerte de todo. Y con esto no me refiero a las posturas neo-neo-neorománticas o nihilistas derivadas del dark y el punk que tanto gustan a los adolescentes, ávidos de individualidad, buscando los mecanismos que legitiman su conducta para formar su personalidad adulta a futuro. No, lo que se nota es un desencanto general, un agotamiento de fórmulas y estilos, una opacidad en la forma de vivir, de sentir, de disfrutar… vamos, pues, de crear. Y es una condición que afecta a todos por igual, sin importar clase social, raza, sexo, preferencia, país de origen o grado de desarrollo de éste. Es como si viéramos por primera vez en muchos siglos nuestra condición de animales (a secas) desnuda, brutal, cruda, sin condimentos. Nada más. Que después de todo somos otro ecosistema más, dispuestos a comer o ser comidos, a reproducirse lo más posible, ocupando el nicho más alto en el trayecto de la vida; pasajera y veloz, eso sí. Y quedarse ahí lo más posible, para salir sólo con los tenis por delante.
Como un prototipo de juegos de VR.
Es cierto, se me responderá que era necesario (justo y necesario, diría) deshacernos de las ideologías, de dogmas, de creencias y religiones, de todo ese ropaje andrajoso, lleno de pulgas mentales y piojos espirituales con el que se nos tenía prisioneros. Es cierto, estuve ahí para pedirlo también. Lo que no pedimos (y no supimos ver) es esta desazón que ahora invade las nuevas generaciones y emponzoña a las precedentes.
Es mundial. Pero no es eterna ni irreversible esta condición.
Una condición que inició con el fenómeno económico (en un principio) denominado globalización en la década de los setenta; un fenómeno que finalmente se extendería a las demás esperas del conocimiento, incluyendo la política, así como la artística. Una condición de la existencia que, a falta de un mejor denominativo, describe y resume Jean-Françoise Lyotard en su contundente La Condición Postmoderna desde el aspecto epistemológico y discursivo.
No se puede decir que este sea el mejor ni el más fácil ejemplo para mostrar lo árido que se volvió el mundo a partir de los años ochenta, con el surgimiento de la tecnocracia y su miríada de acólitos “tecnoides” con estupideces tan carentes de sentido, fuera del contexto industrial como “la calidad total” o el “just in time”, que trataron de trasplantar a todos los ámbitos de la vida (en muchas sociedades no precisamente industrializadas también) con calzador la mayoría de las veces. Una opción que muchos vieron con espíritu esperanzador ante el declive de las “grandes” ideologías rectoras y sus sistemas político-económicos representativos que dominaron gran parte de la segunda mitad del siglo XX, con el fin de los estados-nación como rectores de sus economías y sociedades a las que representaban.
Un panorama nuevamente resumido con acierto por Francis Fukuyama en su controvertido El Fin de la Historia, a principios de la década de los noventa, pero que dejó, a final de cuentas, más desencanto para quienes no vieron las posibles opciones que pudieran surgir de este “interminable reparar técnico” que sería nuestro mundo a partir del fin de la Historia (así, con mayúscula). Sólo nos quedó un mosaico de historias locales, creencias exóticas de varia naturaleza y religiones oficiales compartiendo espacio, poses más que posturas políticas, moda y consumismo “fast track” mezclados sin orden ni dirección; individuos-mundo en un “aleatorio movimiento browniano”, señalado no sin cierta ironía por Jean Baudrillard en su A la Sombra de las Mayorías Silenciosas. Mezclas, ideologías “moda” y falso sentimiento de libertad total , sólo “tutorados” por la técnica, el industrialismo globalizador rapaz, los mass media (que educan no educando), así como por una “sociedad del conocimiento”, que no termina de cuajar en ningún lado que no sea el monetario, es lo que tuvimos como resultado de casi veinte años de caída libre en un informe tablero neodarwinista de este híbrido de fin-inicio de siglo-milenio.
Donde todo no está completamente vivo, pero tampoco parece haber muerto para descomponerse y, con ese humus, ese sustrato, dejar que surja algo nuevo. Es, para horror de los cristianos, el crepúsculo, el purgatorio perpetuo, peor quizá que el mismo infierno. Y si bien no nos hemos enfrentado a la nada, en su calidad de singularidad desnuda, la vemos representada como una serie de brotes de personalidades-ideologías-modas de efecto y naturaleza efímera, que surgen extinguiéndose prácticamente todos los días; excrecencias sustentadas en un sólido monetarismo, un consumismo inagotable, un capitalismo caníbal omnipresente y un torrente de conocimientos e información sin origen ni dirección. Todo esto, al mismo tiempo, sostenido por una in-mensa mayoría de oprimidos, de tristes silenciosos y jodidos que no tenemos otra opción que tener un “trabajo decente” (o algo que se le parezca) para no morir de hambre o, mejor para ellos, simple y sencillamente, morir.

Leer Más “La Muerte De La Vida Tal Como La Conocemos (I)”

5.2.09

Los Zombis En El Séptimo ¿Arte?

© 2009, Eugenio Zigurat |

Dicen que lo peor es empezar con una pregunta, pero de dónde si no, nacen las búsquedas, los análisis, todo escrito.
Esta, se supone, es una revista preocupada por el arte... ¿Entonces por qué hablar de cine de zombis?
Y si a esas vamos ¿por qué hablar de cine?
Nadie podrá discutirme un hecho simple: el cine no figuraba entre las artes de la cultura de la Edad de Bronce. Vaya, ni a musa llega. ¿Quién fue el idiota que sugirió que el cine era el séptimo arte? Supongo que el mismo que aseguró que éste reúne a un puñado de las artes helénicas, lo que no demuestra su valor, sólo el afán de hacer licuados.
¿Y qué clase de idiotas siguen creyendo que las únicas artes válidas son las que fundaron los griegos?
Ahí está Wikipedia, si quieren respuestas literales (sin pretender con esto, demeritar el valor de la Wiki o de cualquier enciclopedia. Pero hay que ir más allá). Vaya, hasta la enciclopedia Británica pueden intentar, si quieren respuestas oficiales.
A La Langosta le valen sombrilla las respuestas oficiales y a mí todavía más.

El Cine Y El Arte
Si arte es sólo lo que hacían los viejos griegos, entonces estamos fregados y somos una cultura retrógrada. Cosa nada novedosa. Ya McLuhan lo advertía al asegurar que nuestro conflicto es que estamos necios con resolver problemas nuevos, con métodos viejos. Ya Umberto Eco dividía a la cultura entre apocalípticos e integrados, adjudicando la primera etiqueta a todos aquellos tradicionalistas, inerciales que se escandalizaban con las variantes de las artes, que pedían todo al viejo estilo; o sea, a su estilo.
En otras palabras, desde una perspectiva apocalíptica, ningún cine puede ser arte; por más que directores franceses, y de algunas otras regiones europeas y hasta rusas, le hayan bajado la velocidad a sus cintas y se complacieran en mostrarnos diez minutos de una vieja con cara de fuchi mirando una taza de café sólo para decirnos que estaba melancólica o aburrida. Cinco minutos de sets deficientes tratando de mostrarnos el realismo claustrofóbico de una estación orbital en torno a Solaris. Y ejemplos como estos, a puñados, aunque haya pintores que aún aseguren que 2001 de Kubrick es un lienzo en movimiento... Siendo sinceros, nada de eso hace que una película sea artística.
Desde una perspectiva integrista, a-inercial, co-acelerativa, llenar de efectos especiales y hasta sustituir a los actores por seres de polígonos, tampoco le aumenta prestigio.
Como se dice por estas regiones: "ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre".

Cine de Zombis
¿Qué de artístico puede tener? ¿Si Kieslowski (el de la trilogía Tres Colores. Azul, Blanco y Rojo) hubiera filmado La noche de los muertos vivientes, con mostrarnos los patrones artísticos de las salpicadas de sangre durante diez minutos, la cosa habría cambiado?
La respuesta, a menos que mis cables estén completamente cruzados, es un rotundo NO.
Peter Jackson podrá ser ganador de Óscares, pero aún no se le considera un Buen Artista, sólo un buen negocio. Y ni en ese rubro ha entrado su película de zombis.
Las películas de zombis son una categoría fílmica que opera como antídoto de lo zomby, por eso los zombys de la academia jamás podrán validarlas. Por eso y por lo principal: su innovación descarada que no atiende (en las buenas obras) a los convencialismos de las filmografías de modé.
Cierto, hay pocas películas de zombis que sean íntegramente buenas. Son para verse en pantalla grande, con palomitas saturadas de salsa búfalo y re-verse como las XXX, con el control remoto en la mano, buscando el nuevo hallazgo, las escenas candentes. Nada más.
En este sentido las posturas anquilosadas de los académicos son acertadas: son obras que no se sostienen en su conjunto, pero que en su panorámica ofrecen mucho más que un par de docenas de películas para zombys, es decir películas Hallmark, totalmente descafeinadas, peliculas HBO, ridículas y convencionales con tintes de sagacidad o películas para autobús o jet, obras políticamente correctas que se jactan de conocer el cine, metatextualizarlo para generar bodrios que mantengan hasta a un niño idiotizado, mismo que al final no tendrá una sola duda sobre lo que ahí pasó.
El cine de zombis no es complaciente, es agresivo, incómodo; es un cine para despertar del letargo; éste no necesariamente es agradable, puede ser indignado, asqueado, sarcástico, juguetón pero nunca inocuo.
Tampoco es un cine de superación personal; por más que jueguen a ser inteligentes sus argumentistas, sus directores, nunca pretenderán ofrecernos la clave del mundo, la solución definitiva para acabar con los problemas humanos, aunque siempre pongan guiños, jueguen el viejo y eterno juego de descifrar enigmas.

Lo Que Dicen Las Películas de Zombis
Lo dicen en cada escena, en el ritmo borrego de los infectados buscando transformar a todos aquellos que no son como ellos. No porque estén convencidos de que su condición es la mejor, la óptima. Sólo por inercia. Por la inercia que da el hambre, esa pulsión sin motivo (pues la saciedad es un límite que desconocen) que quiere más y más, aunque en esa búsqueda acaben con todo.
Pero, como bien saben, los zombis son la masa indistinta, la ola ciega que arrasa el mundo como lo conocemos.
Los héroes son los humanos y lo que muestran sus conductas completa el esquema, el discurso del cine de zombis: los humanos NO son héroes, son seres con distintos umbrales de dolor que a final de cuentas los llevan a revelar sus verdaderas esencias de frente al acorralamiento, al pulso de su instinto de supervivencia, traicionando en el proceso toda su aparente y previa personalidad.
¿Acaso puede ser más clara la metáfora? Los zombis, esa ola de cuerpos podridos, representan el avance del progreso. Nada más y nada menos. Y los héroes, los pocos que se oponen a la ciega transformación de su mundo, las víctimas de su negativa a dejarse envolver por la masa borrega.
Todo lo anterior, sólo en el buen cine de zombis, porque hasta los zombys han caído en las garras de este género por las jugosas regalías que parecen prometerles (American Zombie es un claro ejemplo) y han incursionado con bodrios que atienden a las constantes de este tipo de filmografías y las siguen como si fuera el canon occidental o un manual para hacer telenovelas, con lo que terminan generando peliculas zombys, intragables bodrios con escenas ya más que vistas, nula crítica social y cero innovaciones argumentales.

Peliculas Zombys vs Películas de Zombis
Las películas zombys aseguran una cosa básica: ahí se habla de la "vida real", de lo que en verdad vale para un ser humano, aunque sólo sea válido para los de estatus zomby. Sus temáticas, pues, están basadas en la supuesta "realidad" consensual: esa que transmite día a día el televisor, el noticiero, los periódicos con sus categorías irritantes y, peor aún, los reality shows (que de real tienen lo que yo de marciano) que se jactan de sólo hablar del mundo palpable. O sea, de la sociedad de consumo.
Un zomby, por ende, aborrece todo lo que no hable de sus centros comerciales, sus competencias adquisitivas, su lucimiento de personalidades a través de las porquerías que llevan encima.
Un zomby, luego entonces, suele clasificar de fantasiosa toda cosa que no haga referente conciso a su "yo y su circunstancia". Para un zomby, incluso, las noticias sobre guerras y asaltos y secuestros, quedan en el apartado de "lo que les pasa a los pobres" o, peor aún, "a los pecadores".
Exiliados del mundo, alienados por la sociedad de consumo, los zombys sólo aceptan las ficciones que alienten su forma de vida, que justifiquen sus desempeños diarios. Obsesionados con sus relatos de la vida rosa, no desperdician momento para mostrar sus aspiraciones aristocráticas. El paradigma básico de sus argumentos, en este sentido siempre será Cenicienta, en sus múltiples y posibles variantes. O bien es una chica o un chico que descubre (variante 1) tras innumerables pruebas su original sangre azul que una conspiración que sus envidiosos y conspirativos pares le arrebatara casi en la cuna o, un chico o chica, de pasados dudosos (de clase media debido a un vuelco del destino, no necesariamente conspirativo) (variante 2) demostrará la viabilidad del sueño americano y a través de sus profundos valores morales, urbanos y su indómita capacidad de superación ascenderá vertiginosamente en la escala social hasta ser considerado un par. O (variante 3) será el ascenso (sueño americano a la mass media) de uno de estos mentecatos al estrellato gracias a las amplias aperturas mentales de los rectores de la escena, siempre dispuestos a encontrar diamantes en bruto en meseras, jugadores colegiales de algún estúpido deporte o, lo más nuevo, participantes de un reality show... y así, hasta el cansancio y la ridiculez... Una que incluso superan cuando se ponen escapistas y transforman a la ciudad en una enorme pista de baile de perfecta coreografía (en efecto, como ya lo sospechaban, esos de Michael Jackson eran zombys, no zombis) y súbito soundtrack omnisciente llegado por obra y gracia de su zombyficado dios en el momento más oportuno y climático.
Esa zombyficación ha echado tal clase de raíz que ninguno de los zombys (o aspirantes a) cuestionará ni un segundo la viabilidad de lo ahí relatado; no, en lo absoluto, de hecho, empezará a soñar a ojos abiertos con el momento en que esa relatoría pase a formar parte de sus memorias y lo catapulte a ese estado de gracia donde abundan la belleza, la elegancia, los grandes despilfarros en fiestas donde se codearán con las grandes personalidades, en vacaciones lujosas a lo largo del mundo, en...
¿Cómo, pues, podría aceptar un zomby la antítesis misma de lo que añora?
De ninguna.
El cine de zombis niega pleitesía a la sociedad de consumo, la ridiculiza a grados extremos al mostrarnos la ausencia del color rosa, al afirmar lo frágiles y animales que seguimos siendo hoy en día no sólo a través de ese ciego avance de la carne idiotizada, sino a través de la inutilidad de nuestros actuales y desenfocados esfuerzos en aras de un progreso que ha olvidado las razones mismas de su ingenio: proteger al hombre, cuidar de él; a través de ciudades, construidas en torno a fantasías glamorosas y frágiles que ni siquiera servirán de barricada a los sobrevivientes. A través de la muestra, siempre presente, de conductas, valores e ideales que se rompen, se transtocan con la llegada del miedo hasta dejar como único supervivente una ruina humeante, tan, pero tan parecida a lo que pasa hoy en Wall Street y en toda la economía mundial.
Quizá en este sentido, las películas de zombis no constituyan el mejor remedio, pues su estrategia cree en la terapia de shock, cree en el despertar de la paranoia creativa, cree en el humano; por eso lo critica y se niega a consecuentarlo.
Por eso yo me quedo con el cine de zombis y escupo sobre el de zombys.
Pero claro, esa es mi perspectiva, la de un convencido antizomby.

PD.- Ah, sí, conste que advertí: ya hay películas de zombis hechas por zombys; la mera inclusión de zombis en una cinta no la hace buena. ¿Listas? ¿Las diez mejores? Ya muchos se ocupan de eso, basta darse una vuelta por la Wiki o preguntarle a Google. A mí no me den lata, sólo arriésguense, ese es uno de los primeros pasos para dejar de ser zomby.
Puebla Capital, 2009


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31.1.09

El Espíritu De Lo In-Dependiente

©2009, Yussel Dardón |

Es preferible pensar que en algún lugar de ese vasto
y complejo espacio que se conoce como cultura,
existen escritores que no se reúnen en torno
a ninguna visión unitaria del mundo
y que practican su oficio a veces en la obscuridad
y a veces en la luz de los medios.
Guillermo Fadanelli


Primera Reflexión, primera
¿Han visto a Frida Pop Star luciendo sus mejores trazos en el costado de los tenis Converse? La imagen de Frida, que en la escala de identidad cultural mexicana semeja a la Virgen de Guadalupe o a María Félix, representa el juicio de in-dependencia. Lo independiente es lo in. El pastiche depende del sentido “contracultural”. Lo pendiente es ser cool. Independiente, don´t worry be happy, be In-dependent.

Segunda Reflexión, segunda
El prefijo in es estar dentro de… The man in the box es una canción de Alice in Chains. Las cadenas de Alicia dependen de ella para existir. Todo es según el cristal con que se mire. El cristal es in-necesario. Dentro de lo necesario está el espíritu. También fuera de él. Ser independiente es lo de hoy. Ser in-dependiente es más lo de hoy. La In-dependencia no se ha consumado. ¿Entonces, cuál es el sentido que pende de la independencia, será la in-dependencia o el sentido in de depender y pender de algo?

Tercera Reflexión, tercera. Comenzamos
En su libro El periodismo cultural en tiempos de la globalifobia, el editor de Replicante, Rogelio Villarreal, continúa una polémica iniciada por el director de la revista Generación, Carlos Martínez Rentería. La disputa se origina, según palabras de Villarreal, por lo que Rentería llama “sentido contracultural”. Carlos no entiende, según la explicación de Rogelio, que Replicante se venda en los Sanborns, siendo estas cadenas parte del emporio Slim; Villarreal por su parte, extiende su visión crítica y mordaz sobre el tema, señalando que publicaciones como Moho o la misma Generación se distribuyen por medio de Educal, el sistema de librerías del Estado. Señala también lo “sabido por todos”, que Generación subsiste con becas proporcionadas por el Estado y cita, exitosamente, al tijuanense Heriberto Yépez: “Al cabo hay becas del Fonca hasta para los hoyos fonqui”. La exposición de Villarreal abre el tema de lo alternativo en cuanto a las revistas culturales, sobre el sentido de independencia que los lineamientos editoriales, se supone, deben tener.
No cabe duda, por ejemplo, que Generación es una revista alternativa o como ella misma se define, contracultural; tampoco cabe omitir que Replicante es una revista independiente, alternativa y aunque a juicio de definiciones que pasan desde los neologismos hasta las regresiones semánticas de los sesentas, contracultural.
Pero ¿qué es entonces, si estas dos grandes publicaciones que distan entre sí, según contenidos o imágenes de las mismas, lo que nos permite acuñarles el término “alternativo”? Creo, sinceramente, que es el grado de independencia que mantienen, el compromiso con su línea editorial sin permitir que dentro de ella se origine la censura, pues las publicaciones, éstas u otras, tienen el derecho de rechazar un artículo por su contenido pero jamás porque alguna estructura ajena al equipo de dirección de dichas publicaciones, censure como condicionamiento de apoyo moral o económico.
La independencia editorial es, a fin de cuentas, el sentido y juicio crítico que se mantenga al interior. Honestidad dirían unos. La independencia muestra, o debe hacerlo, una obra crítica, ya sea hablando sobre la cultura establecida o aquella que subyace fuera del parnaso, pues tanto es permisible criticar y exponer la obra de Volpi, Fuentes, Camín o Mastretta como la de Samperio, de la Borbolla, José Agustín o Zapata; la de Mario Bojórquez y Palou o la de Julián Herbert y Heriberto Yépez.
La revista independiente genera mecanismos a su interior que le permiten subsistir mediante su propia línea editorial, es decir, que la visión estética que de ellas se desprende, tiende a ser reflexiva y no depende del número de patrocinadores o de becas, y sí de su sinceridad jamás censurante, pues les es bien sabido que la censura no se origina exclusivamente en publicaciones institucionales o con un viso de operatividad federativa, sino en publicaciones cerradas a la crítica y reflexión. Derecha, izquierda, centro… si es régimen político, no necesariamente partidario, el que rige los espacios de difusión y por contar éste con una estructura lineal, siempre existirá el control. La dictadura de las letras.
La independencia pues, no está peleada al éxito comercial, por llamarlo de algún modo, de hecho, la independencia puede perfectamente convivir con los mass media, siempre y cuando no se institucionalice, es decir, que el espíritu siempre siga oliendo a frescura y no a una visión rancia de la cultura. Smells like independent spirit.
La raíz de lo independiente debe recaer en manifestaciones genuinamente comprometidas.
Todo pasa por la actitud, los orígenes y objetivos, por el compromiso con la creación y difusión, en el caso de las revistas.
La independencia debe existir como oposición al orden establecido, con una intencionalidad definida, comprometida con la modificación y alejada del solapamiento.
La independencia debe ser la última frontera del impulso revolucionario de orden estético.
Un sentido Independiente no surge por publicar un fanzine, aunque estos por su calidad emergente representan un punto de independencia económica, no surge por mentarle la madre a un decadente sistema político-cultural, no se da por prender veladoras y sacrificar Budweiser frente a una imagen de Bukowski o Fadanelli o meterse gramos y gramos de coca o ketamina, sino por el rigor y seriedad de sus criterios editoriales ajenos a la intromisión de terceros, y con esto me refiero a la institucionalidad.

Entretelones
Lo independiente sufre de in-dependencia, le atacan los órdenes mediáticos que institucionalizan la mayoría de las manifestaciones culturales y artísticas. La neocultura de la in-dependencia se ha desarrollado de tal manera, que la independencia aparenta una moda, un discurso, una etiqueta y no una actitud. La esencia de lo independiente radica en la no intromisión, en el no solapamiento, en la no reproducción de obras de nula emotividad.
La independencia debe asumirse con todas y cada una de sus malditas consecuencias.

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30.1.09

El Extraño Encanto De La Muerte

©2009, Alejandro Badillo |


Aquí yace Molière el rey de los actores.
En estos momentos hace de muerto
y de verdad que lo hace bien
Epitafio en la tumba de Molière

Hay imágenes que marcan cierta etapa de tu vida, que vuelven a ti, como una advertencia de que hay cosas de las que te empiezas a dar cuenta y que después ya nada volverá a ser como antes. Recuerdo a un anciano caminar todos los días por la calle donde vivía, yo me preparaba para ir a la escuela y lo veía pasar, caminando trabajosamente frente a mi ventana. Era familiar de una vecina, y por oídas sabíamos que estaba de visita. A pesar de tener poco tiempo de verlo, me fui acostumbrando a su andar lento y su bastón tembloroso. Admiraba su constancia de levantarse temprano para caminar hasta la tienda y comprar pan o huevo. Un día ya no salió, pensé que había regresado a su hogar, después me enteré que había muerto. Esto de lo que hablo quizá no tenga demasiada relevancia, mucha gente muere todos los días. Sin embargo, esa muerte fue especial para mí, tenía alrededor de unos doce o trece años, a esa edad uno ya tiene conciencia de que la muerte es algo inevitable, como un reloj de arena que corre lentamente y que algún día estará vacío. Lo relevante era que yo no conocía a nadie que hubiera muerto, ni un familiar, ni un conocido, me consideraba afortunado de no tener que lidiar con tales cosas. Mi contacto con la muerte era lejano, y eso me mantenía en una burbuja, en un mundo artificial, que se vino a derrumbar con un anciano del que no conocía ni siquiera el nombre, una persona a la cual el único vínculo que me unía, era verla pasar por mi ventana. No sentía tristeza, ni alegría. La muerte del anciano, en vez de quitarme algo, me regaló un vacío que sabía nunca iba a desaparecer.

Dicen que el gran problema de la muerte no es ella, sino la actitud del hombre ante ese sueño irreversible, ese cerrar de ojos para siempre. En todas las culturas del mundo la muerte va acompañada de ritos funerarios, la mayoría de ellos bastante elaborados. Estos funcionan como un conjuro contra la muerte, una manera de disfrazar el temor ancestral ante lo inevitable. Para ilustrar la sobrevivencia del alma, la religión cristiana se ha valido de muchos recursos: las escrituras interpretadas como paraísos, infiernos, purgatorios, atroces castigos para los pecadores y la salvación para los fieles. La salvación es un punto fundamental en la doctrina cristiana, asegurar la vida eterna, una promesa jugosa que en la Edad Media se comercializaba con indulgencias. La promesa del evangelio era literal: el cuerpo volvería a ser carne. San Agustín afirmaba que “cada cabello caído durante la vida y cada uña cortada serán restituidos en su totalidad, aunque de modo invisible, en el nuevo cuerpo celestial”. La religión cristiana, es una religión de sobrevivencia.

Otro concepto acerca de la muerte es el que tiene el budismo. En este, no hay cabida para infiernos, ni paraísos dantescos. Es la reencarnación, la rueda de la vida (samsara); en ella la existencia es una escuela para aprender: las lecciones son duras, la muerte es sólo una transición, un nuevo nacimiento. Esta idea de la muerte como liberación puede llegar a ser tan tentadora que la naturaleza ha tomado sus precauciones y ha instalado en el hombre el miedo a morir como un enorme cerrojo, que impide que haya suicidios masivos de gente que trata de huir de las difíciles pruebas de la existencia.

El temor de la muerte tiene mucho que ver con su constante presencia, con verse reflejado en ella, en un espejo macabro. En la Edad Media, durante las pestes, la muerte era vista como un castigo divino al comportamiento pecador de la humanidad, era común que diezmara a más de la mitad de muchas poblaciones. En el "Diario del año de la peste", de Daniel Defoe, se narra cómo los muertos eran enterrados con rapidez, la gente quería deshacerse de ellos lo más pronto posible, incluso familiares abandonaban a sus parientes. Los encargados de sacar los cadáveres eran llamados “cuervos”, y se contaba historias terribles de ellos, que mezclaban gente moribunda con los muertos, y aprovechaban para robar en las casas donde eran llamados. Ante una amenaza constante que pendía sobre sus cabezas, la gente tomaba direcciones opuestas, desde los que seguían el consejo de los sacerdotes que recomendaban un total ascetismo, templanza y continuos rezos, hasta los que se entregaban a la bebida y el desenfreno puesto que ya nada importaba.

La muerte es efímera, llega con su guadaña y cercena vidas con rapidez; pero a pesar de su eficacia, no es perfecta, porque deja un gran problema: abandona un cuerpo vacío, unos ojos sin movimiento, relegado todo a una lenta descomposición. Deja una nota cruel e irónica de que somos materia y que a pesar de todos los avances tecnológicos seguimos sujetos a sus reglas. Entonces el hombre se enfrenta a tener que separar el concepto de alma y cuerpo; para el último adiós, a los muertos se les viste con elegancia, se les maquilla para que estén presentables, les juntan las manos en el pecho con los dedos entrelazados, como si fueran a rezar eternamente. Otro aspecto que ha olvidado la muerte dejándonos un envase vacío es el morbo que provoca, la contradictoria fascinación de ver el cuerpo humano en su estado más difícil de asimilar. Francisco González Crussí relata que a fines del siglo XIX, atrás de la afamada Catedral de Notre Dame, en París, se ubicaba la morgue municipal. Este recinto abría sus puertas a la multitud que se acercaba a contemplar la muerte de cerca. Era un verdadero espectáculo que llegaba a todas las clases sociales, y los mejores lugares siempre estaban peleados. Refiere: “Verdaderas multitudes de espectadores se apretujaban contra los cristales; se indignaban cuando las planchas estaban libres y no había muertos que contemplar; insultaban al encargado cuando, debido al gran número de asistentes, se les instaba a circular; vociferaban su enojo cada vez que, habiendo esperado mucho tiempo, llegaba la hora de cerrar. ¡Apenas lo dejan a uno ver!, ¡qué fastidio!, ¡siempre la mala organización!”.

La mirada obsesiva al cuerpo, ese no querer ver pero voltear continuamente a lo misterioso e indescifrable, aunque sea sólo un pequeño fragmento, un atisbo de lo que somos. No se puede negar la curiosidad humana, la gente que se amontona alrededor de un accidente es plena muestra de ello, los cementerios y las innumerables supersticiones que cobijan. Parecería que a la gente le gusta coquetear con la muerte. Ahora los noticieros se empeñan en mostrar más muertos en las pantallas, para elevar la audiencia, ante sucesos cada vez más triviales; le apuestan a la sensibilidad, a lo trágico. Pero ahora un cadáver televisivo se ha convertido en una imagen irreal, en un maniquí que cumple una función de escaparate. Ante la bombardeo constante de información llegan a diario noticias de muertos en accidentes de avión, en actos terroristas, en asaltos, pero en una sociedad cada vez más individualista, estos cuerpos sin vida nos son lejanos, nos afectan cada vez menos.

La muerte tiene muchas facetas, para mí el temor a la muerte no es a dónde voy a ir sino el miedo a una transición dolorosa, al sufrimiento, una despedida nada agradable. Dicen que la muerte más dulce es la que llega mientras se duerme, uno se interna en las tinieblas de los sueños para no volver a despertar. Me gusta pensar que moriré dentro de muchos años, dormido, después de haber presenciado un buen partido de futbol y de haber tomado un buen gin tonic. Pero sé que sólo es un buen deseo, la muerte es impredecible y uno de sus encantos es que puede deparar muchas sorpresas: la noche anterior a su asesinato el emperador romano Julio César había cenado en casa de Emilio Lépido y en el transcurso de la velada la charla había tratado del tipo de muerte que cada cuál prefería. César declaró que la deseaba rápida e inesperada. Al día siguiente, acometido por todas partes por puñales desenvainados, se cubrió la cabeza con la toga estirando sus pliegues con la izquierda, y así, ante esa defensa inútil, fue atravesado por veintitrés puñaladas.

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29.1.09

El consumo de la ficción (¿Morirá la novela?)

©2009, Efigenio Morales Castro |

Cuando en 1985 , Joseph Hodara publicó en la revista Ciencia y desarrollo el ensayo titulado ¿Habrá literatura en el siglo XXI?, se apresuró a decir que Esta pregunta se inscribe en el cuadro de especulaciones más o menos inteligentes que buscan aguzar la sensibilidad “por lo que vendrá” . Antes de explicar a lo que iba a llegar, el sociólogo escribió también lo siguiente:
Haré primero una distinción entre la literatura como acto de escribir y la literatura como acto de leer.
Esta distinción —que no es nada nuevo— la hizo con la finalidad de sacar esa preocupación clásica de los intelectuales: preveer aspectos del futuro. En este sentido, afirmó que La literatura como el acto de escribir sobrevivirá; más adelante dijo: Pero no soy optimista respecto a la literatura como lectura. El remate de su hipótesis lo hizo al declarar que Infortunadamente, advierto señales y tendencias, en particular en América Latina, que me llevan a afirmar con razonable puntería que la literatura como lectura se perderá en el próximo siglo.
Preocupación justa pero fuera de la realidad.
Es cierto que en América Latina se está atravesando por una situación difícil. Incluso, desde antes que el doctor Hodara publicara su ensayo, países centroamericanos habían pasado la prueba de la pólvora. Pero los escritores seguían escribiendo, publicando, algunos huyendo de los gobiernos militares, pero estaban al pie de la pluma para darles qué leer a sus lectores.
Por otro lado, veinte años atrás, se había dado la discusión sobre la desaparición de la novela como parte de la escritura de ficción. Esto lo explica Antonio de Undurraga en un ensayo titulado ¿Existe la novela como género literario? , y que forma parte del libro titulado "Autopsia de la novela". De esta manera lo dice el crítico literario:
En enero de 1964, en una reunión de escritores habida en Barlovento (un barrio inconcluso de La Habana, planeado para turistas que viajasen con yates propios), el comentarista uruguayo Angel Rama habló sobre la posible desaparición de la novela. Cabría preguntarse entonces ¿cuál es el arte básico del siglo actual? A las personas a las cuales se les hace la pregunta titubean y no hallan con facilidad la respuesta.
Esta tesis, sobre el fin de la novela, también había sido tratada antes de ese encuentro de escritores. No es nada nuevo. Como tampoco lo es lo que la gente llegara a responder qué es el cine: el arte básico del siglo pasado (hermanito del actual; incluso, muchos somos hijos del siglo XX), el sustituto.
Tampoco Hodara llegó a imaginar, que veintidós años después, en vez de discutir la desaparición de la novela como género literario, se llevara a cabo una encuesta sobre las mejores novelas mexicanas de los últimos treinta años, es decir, de 1977 a 2007, ocho años atrás de cuando publicó su ensayo. Por cierto, fue la revista Nexos quien se encargó de la encuesta, cosa que hizo con puro escritor con años de carrera en el oficio, pero originando, a fin de cuentas, discrepancias en el método y en la selección.
De lo más interesante en cuanto a contracorriente sobre lo elaborado por Nexos, está un trabajo de José Joaquín Blanco titulado "La novela mexicana en las décadas del entretenimiento puro".
Después de realizar un recorrido sobre la novela mexicana, J.J. Blanco manifiesta que tal vez a los encuestados les parecieron muy jóvenes algunos novelistas y por eso (da a entender), no los tomaron en cuenta. Pregunta en dónde está la empatía generacional viva y polémica de los lectores de hoy, de aquellos que siguen a las plumas que consideran bien en el quehacer literario. Hace una lista de escritores jóvenes y maduros, diciendo de esta manera, ¿dónde están sus lectores? La lista que presenta, la hizo por orden alfabético.
Es cierto que la lista que presentó Nexos no es la última palabra, pero entendamos que la escritura de provincia está enterrada, escondida, y tal vez olvidada. En este sentido, no preocupa la desaparición de la literatura como acto de lectura. No, como tampoco lo es si se habla de treinta mejores novelas, por lo tanto, treinta mejores escritores. No. Tampoco esto es materia de preocupación. La verdadera preocupación es el olvido en que está la literatura que no radica en el DF, llámese novela, poesía, cuento o ensayo literario.
Pero volviendo al asunto de la desaparición de la novela como acto de lectura, debe llevar implícito a la novela como acto de escribir. Pues, ¿si no existe la escritura, qué es lo que se va a leer?
La particularidad del trabajo de J.J. Blanco, en cuanto a la novela mexicana, es esencial para entender al mismo tiempo el desarrollo universal de la novela, hasta qué punto puede caer derrotada y si es posible su desaparición. Pero, ¿de qué manera se puede hablar sobre su desaparición?
Fuera de los datos que Antonio de Undurraga da sobre las opiniones en torno a la desaparición de la novela, las suyas, en particular, no fueron nada alentadoras. Al contrario. Cuando escribió sobre los novelistas, su pluma encontró huecos en la literatura universal. Dostoyevski, Joyce y algunos otros de relevancia mundial, le parecieron mediocres. Por lo tanto, dio a entender que a pesar de tantos volúmenes escritos, no existía la novela como género. Al hablar sobre la novela mexicana, en 1966 escribió lo siguiente:
“Opina también Visión que según Carlos Fuentes, Pedro Páramo, de Juan Rulfo, es la mejor novela que se ha escrito en México. Nosotros sólo decimos que México no es patria de novelistas y que pocas veces hemos visto un fiasco mayor que la pretendida “novela” de Rulfo”.
Fracaso, desengaño e incluso hundimiento, es lo que nos dio a entender ese analista egocéntrico. Porque para él, en última instancia, nada tiene estructura de novela.
Entender que la novela es casa de una parte de la vida, en donde se amamantan personas y no símbolos y éstas realizan su andar, es decir, su historia, con las particularidades y existencia de cada uno de los personajes, es estar en la estructura del género.
Forster escribió que Todos estamos de acuerdo en que el aspecto fundamental de una novela es que cuenta una historia... Para argumentar más adelante que ...el hilo conductor de una novela ha de ser una historia. Pero la historia como suceso temporal, en el sentido de ver las particularidades de cada uno de los personajes, donde el lenguaje pueda tener la capacidad de recrear al lector. En este sentido, ¿Pedro Páramo es o no una historia?
Para ser una historia, debe existir vida en ese mundo retratado por el novelista. Por algo Henry James escribió que La única razón de ser de la novela es que pretende representar vida. Pero con estructura, con el uso temporal y de espacio de cada uno de los novelistas con el estilo particular que los caracteriza. Por eso, es necesario hurgar los caminos que puede seguir la novela para su posible desaparición.
Sabemos que la novela cuenta con sus personajes, ya sea el o los protagonistas, los secundarios y los incidentales; y también tienen sus voces narradoras. En este sentido, su función como obra de comunicación es un tanto especial. En la novela es el cómo, no el qué. Por eso, cuando Antonio de Undurraga manifiesta que La experiencia nos demuestra que la novela al uso es similar al periodismo, a la escritura periodística, podemos pensar que ese puede ser uno de los caminos para discutir su desaparición. Dije discutir, no aceptar. Sin embargo, el concepto periodismo es general, porque dentro de él se encuentra la nota informativa, la crónica, el artículo de fondo, el reportaje etc.; en la novela no, pues como obra literaria mantiene su estructura definida, independientemente por dónde quiera inicar el novelista: inicio-nudo-desenlace, nudo-desenlace-inicio, desenlace-nudo-inicio, nudo inicial. Por eso Oscar Tacca tuvo razón cuando afirmó que La novela, más que un modo de ver, es un modo de contar. Así de sencillo y así de complejo al mismo tiempo.
El pensamiento de Undurraga, hasta cierto punto, es un puñal en contra de la novela. Con esa opinión, fácil la mató en su manera de ver el desarrollo novelístico.
No entender la dialéctica de la novela es no comprender su desarrollo histórico de acuerdo al periodo que le toca vivir. Porque en cada momento temporal, es distinto el universo de la historia y el universo del lenguaje, como un todo, como el desarrollo mismo de la novela.
A muchos escritores les preocupa el destino de la novela, incluso algunos dicen ver su muerte, pero no en el sentido de desaparición como género, sino como una guerra que le declara todo el sistema político-económico imperante. Es interesante la opinión del novelista Milan Kundera en torno a este fenómeno social-literario. Él escribió lo siguiente:
Se habla mucho y desde hace tiempo del fin de la novela: fundamentalmente los futuristas, los surrealistas, casi todas las vanguardias. Veían desaparecer la novela en el camino del progreso, en beneficio de un porvenir radicalmente nuevo, en beneficio de un arte que no se asemejaría a nada de lo que ya existía. La novela sería enterrada en nombre de la justicia histórica, al igual que la miseria, las clases dominantes, los viejos modelos de coches y los sombreros de copa.
Más adelante afirma:
Pero no quiero profetizar sobre los futuros derroteros de la novela, de los que nada sé; quiero decir únicamente: si la novela llega a desaparecer, no es porque esté completamente agotada sino porque se encuentra en un mundo que ya no es el suyo.
En esto, Kundera tuvo y tiene razón.
La novela, en su tránsito por el camino permanentemente espinoso que le tocó atravesar, ha tenido que cambiar de piel de una manera camaleónica para poder adaptarse y sobrevivir. Siempre ha sido así desde que fue parida. Lo que sucede en la actualidad, es que algunos escritores han perdido el encanto por la vida, otros se desesperan al ver que los hechos sociales han rebasado a la ficción como manera de mostrar al mundo. En este sentido, el novelista tiene que buscar nuevas alternativas o formas o estructuras, o como se le quiera llamar a esa escritura que, en el fondo, es la novela.
Desde los años sesenta, esta preocupación comenzó a darse en los Estados Unidos de Norteamérica. La fusión del llamado periodismo objetivo y la ficción dio lugar a lo que Truman Capote denominó La novela de no ficción. Esto no es nada extraño. El desarrollo del capitalismo en grandes monopolios, el alto grado de desigualdad social, pusieron a los escritores entre la espada y la pared. Sin embargo, esta nueva forma de narrativa tiene razones importantes de existir. En primer lugar, porque se rompe con la forma del periodismo tradicional, ya no se redacta de manera superflua, sino que se le da un ingrediente estético-redaccional; en segundo lugar, la novela de no ficción logra que el escritor vea su realidad en cuanto a su relación con la sociedad en que se desarrolla; dicha relación se da en torno a la producción de su arte; por último, las formas documentales sobre la ficción hacen que el novelista piense en torno al papel de la literatura, su misión y su trayectoria. Esto es muy diferente a como lo entendió Antonio de Undurraga.
Pero, qué es lo que puede morir, ¿la forma o el contenido de la novela?
Nada. Porque la novela es un camaleón hecho de letras, cambia pero no desaparece. Bien sabemos que desde el siglo dieciocho se habla de la muerte de la forma que tiene la novela. Atención a ésto: su forma, no la novela en sí. Incluso, en este siglo tiene dos rivales importantes que llaman la atención de los hombres: el cine y la televisión.
Puede ser que algunos piensen que, debido al gran consumo de la televisión (más que el cine), los lectores olviden poco a poco a la novela. Nada de eso, porque la palabra escrita también tiene una aliada: otra palabra escrita por medio de internet.
Esto es alentador, porque intelectuales como Marshall McLuhan, dijeron años atrás, que con la llegada de la televisión, la educación del hombre pasaba de los ojos al oído. La realidad nos dice que no ha sido así.
Por eso, las ideas de Undurraga y de Joseph Hodara en torno a la novela, no ayudan en nada. Son opiniones de letra muerta. La novela seguirá existiendo por una razón: porque debe seguir narrando al mundo de la vida. Independientemente de la forma que vaya tomando, la esencia debe ser la de la vida con su realidad.
Años atrás, cuando don Marcelino Menéndez y Pelayo redactó la introducción de sus Orígenes de la novela, escribió que:
La Celestina, obra esencialmente dramática, pero escrita para la lectura y no para la representación, no podía faltar en un cuadro de la novela, en cuyos progresos influyó de modo tan decisivo, y a la cual transmitió el poderoso instrumento de la observación realista y el arte insuperable del diálogo.
Y ésto seguirá en el transcurso de la historia de la novela.
A pesar de la diferencia de años, la observación y los diálogos siempre estarán en la redacción de la novela. No importa la forma,pero a fin de cuentas, es la esencia lo que seguirá importando. Por lo tanto, la novela seguirá viviendo sin importar la forma que adopte, con tal de seguir agradando a los lectores.

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